Desde la miel - LikeaPoem.com

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Desde la miel

Desde la miel

El color vital de las abejas convocando los perfumes del campo y de la sierra. Zumbidos lejanos con destino al perfecto corazón de la colmena.

Es el tiempo de la luz.

La transparencia.

Es el tiempo de la miel. La misma que despierta, con su dibujo lento, discurriendo de la cuchara al pan, toda la historia oculta donde un niño renace.

Allí, en la oquedad de la burbuja ámbar, en el vientre del tiempo, hay un niño feliz.

El tiempo de la miel, establecido en un lugar que es sueño nebuloso, recorrido de despilfarradas lágrimas y cuentos que nunca fueron ni serán contados.

La miel... La miel y su secreto: para ser tal no solo debe ser dulce y lentamente presurosa al derramarse, sino que debe convocar todos los aromas de las flores. De modo tal que al saborearla podamos sentir que trepamos al alto y fresco follaje de algún viejo eucalipto; que recorremos las umbrías orillas de un arroyo, tapizadas de violetas; que navegamos en un mar de lino en plena flor, para recalar en el patio de esa casa (de una abuela quizá) con su glorieta casi impenetrable por la exuberancia de glicinas y madreselvas. Madreselvas, donde, imitando a las abejas, tantas veces libamos las ínfimas gotas de néctar atesoradas en las pequeñas ?cornetas? amarillas y blancas.

Cardos, acacias, azahares, laurel..., en síntesis: en la miel del tiempo reencontramos todo el mapa floral de la distancia que nos separa de la infancia.

Desde la miel, he comenzado a recorrer la historia del olvido. Vuelvo a Tandil.

Horizonte vasto de los cerros, que nos desafía a descorrer el misterio de sus piedras antiguas, en la inmensidad dispersa de un silencio que solo interrumpe el viento sobre los pajonales.

Y siempre un más allá. De distancia y de tiempo... Por ejemplo el otoño, ya no son los otoños... Es un tiempo especial que colma mis sentidos.

El otoño.

El otoño, hoy invadido de ocres y amarillos de una muerte imprecisa.

Otro otoño está allí, detrás de la miel, en la burbuja, todo brillo y luz. Y, vívidas, olorosas, como nunca más lo fueron, las mandarinas mágicas del abuelo, las que en un nunca descubierto malabar parecían, a los ojos del niño, deslizarse por el cielorraso para caer en sus manos de labriego, las que luego extendía frente al niño feliz.

Bandeja preciosa, prolongada en la caricia ajada y con la ternura de mares no olvidados.

El otoño... Las mandarinas...El parque...Y el invierno...

Si, el tiempo del invierno.

El fantasma temido de los pobres.

No lo recuerdo frío. Si, recuerdo, la leña del campo para la crepitante cocina de la abuela: los cardos secos, la bosta, también seca, de las vacas ( la ?leña de vaca? de doña Camila). De las vacas, las de la leche espumosa, tibia y densa. Esa misma que los turistas gustaban probar ?al pie de la vaca?.

El invierno.

¿Cómo podía ser frío?, si allí estaban los abuelos, un tío sempiterno, un padre albañil y constructor de casas de muñecos... y una niña madre. Mamina.

Con su agonía fundamental, con su enigma de vida y su indecisión de muerte; construyendo un invisible y tierno nido, que después fundamentó otras vidas, a pesar de sus muertes, por encima de la inercia de la muerte.

juan carlos gago -1992


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